Ángel Garrido

Por: Ángel Garrido

En el relato biográfico de cada uno de nosotros existen actores olvidados y otros inolvidables. Algunos lo son por extensión en el tiempo, pero los hay que dejan huella y recuerdo imborrable por la intensidad y calidad del contacto, incluso si es breve.

Fue en el último curso de la EGB, en esa edad fronteriza con la adolescencia en la que el mundo se percibe con fuerza y pasión desenfrenadas cuando coincidí con Pepe, director del Colegio Público Ciudad de Valencia, y su mujer, la profesora Mari Carmen de la Bandera.

No sé si a mis trece o catorce años era capaz de reconocer y admirar su competencia como docentes y educadores, ni su paciencia con una población numerosa y revoltosa, estamos hablando de uno de los colegios más grandes de Europa. Esos criterios de valoración aparecieron con la edad, la madurez y la consolidación del recuerdo de aquel curso que ellos hicieron imborrable y estoy seguro que lo mismo sucedió con otros alumnos, ese año y otros muchos.

Pepe y Mari Carmen, mi director y mi profesora, aunque entonces apenas lo intuía, me ayudaron a consolidar conocimiento, responsabilidad y valores. Por eso, cuando recibí la noticia del fallecimiento de Pepe, no necesité ningún detalle de contexto, no era un nombre de una lista de nombres, era el director de mi colegio y el marido de mi profesora, Mari Carmen, aún más conocida como escritora de excelentes libros para jóvenes.

Juntos conformaban una especial pareja docente que lograba no solo que aprobases, sino que te interesases por la materia, que reflexionases sobre ella, que la mirases con ojos críticos, que la cuestionases porque lo esencial no son los afluentes del Ebro sino la vida que viaja con el agua, lo que lleva y lo que deja.

Nunca me sentí evaluado por ellos, aunque por supuesto hubo notas, sino animado a crecer y asumir la responsabilidad sobre mi vida. Fueron un estímulo a la inteligencia y madurez.

Su magnetismo trascendía los muros del colegio y los horarios escolares, tiñendo toda Santa Eugenia con su espíritu crítico y compromiso social en busca de una educación mejor y más plena.

La comunidad educativa despide a un excelente director de centro y a una excelente persona, solo esa doble condición explica que estuviese, con fidelidad ejemplar al barrio y al colegio, 25 años al frente del mismo centro. Sus alumnos, ese es un título permanente, no le olvidaremos porque llevamos en nosotros parte de su conocimiento, fortaleza y actitud.

 

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